Ya no me mandas esos emoticonos que tiran besos y le salen corazoncitos en los ojos.
Ni siquiera el del truño sonriente.
No es que espere que estés todos los días contándome a cada minuto lo que haces.
Estuviera donde estuviera siempre aparecías y, de esa forma,
sentía que estabas allí.
¿Qué coño haces ahora?
¿A quién le mandas ese truñito tan cariñoso?
Esperar tus mensajes es como colocar en la playa tu sombrilla, tu toalla y tus cholas.
Esperar que aparezcas (hago chas!, y aparezco a tu lado) sin avisarte.
¿Y mis cosas siguen ahí?
Siguen ahí.
¿Y con quién fuiste a la playa?
Si no me tuvieras tan olvidada habría ido contigo.
¿No vas a contestarme?
Te mandaré una caca risueña.
No es eso lo que quiero.
Tendremos que buscar otros emoticonos para poder comunicarnos.
Pero para eso tendremos que quedar para hablar... te mandaré un mensaje.
Y me quedé sin 3G. Y el día de playa fue maravilloso, radiante, salado, rejuvenecedor. Y enterré el móvil bajo tu toalla, junto a tus cholas, bajo tu sombrilla.
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